Miguel Hernández Girón
Fundación Castellares
Preludio
Entre las personas de nuestro tiempo, que frecuentan la música o la poesía, no hay una sola que no haya oído hablar de Antonio Lucio Vivaldi. Pero no siempre fue así. Vivaldi tuvo un momento de esplendor en su época, y luego sus notas durmieron el largo sueño de los baúles y los anaqueles. Sólo quedó su nombre en los manuales de historia, pero su música se apagó, a pesar de que fue un prolífico compositor de conciertos, óperas, sonatas y música sacra. Dos largas centurias tuvieron que pasar para que, a mediados del siglo XX, artistas y musicólogos se volcaran sobre él. Se expurgaron sus trabajos empolvados, las bibliotecas entregaron sus cuartillas amarillentas. Los violines, las violas, los clavicémbalos, las flautas y las mandolinas despertaron sus notas y esa música estancada obtuvo nuevas alas y comenzó a recorrer otra vez el mundo, hasta hacerse imprescindible. Su trabajo más celebrado es Le Quattro Stagioni.
La música de Vivaldi pertenece al último periodo barroco, barroco tardío; no en pocas ocasiones imita la naturaleza: una tempestad en el mar, el grito lánguido de la alondra en el cálido aleteo del verano, la caída de las hojas, los pasos del campesino sobre ellas, lo copos de nieve amontonándose y el repiqueteo de la lluvia. Ese estilo en su tiempo fue novedoso; en el nuestro, es actual. Ahora hay una exaltación de la naturaleza.
André Maurois, en los años cincuenta, nos acostumbró a las biografías noveladas; un género que aún goza de buena salud, según la crítica. Miguel Hernández Girón no es ajeno a esta tendencia. Toma la vida de Antonio Vivaldi como elemento fundamental para su novela, ficcionando aquellos espacios que han sido silenciados por los años. Recreó, con prosa amena y ágil, su familia, su infancia, su enfermedad, su etapa de compositor, de sacerdote, de empresario, sus polémicas, su gran amor (Anna Giraud), su corazón carnavalero, su estadía en el Ospedale della Pietá, su eterna y rencorosa Venecia, sus momentos de esplendor y los de miseria, sus amigos, sus viajes, hasta redondear cada una de las etapas de su vida; lo que Miguel Hernández ha llamado Las Estaciones de Vivaldi. La más reciente novela inspirada en la vida del músico italiano.
Es más, puedo afirmar sin temor a equivocarme, que en este libro hay dos novelas. La primera, contemporánea, donde una pareja de “arqueólogos musicales” se empeña en devolver la inmortalidad a las obras de Vivaldi, y comienza un rastreo de sabuesos por los sitios donde pudieran hallarse; la otra, en forma de memorias, narrada por el mismo Vivaldi desde las cimas de su vejez, desde sus recuerdos. En los últimos capítulos esas dos novelas se entrelazan formando un bello contrapunto. Sin duda, Miguel Hernández Girón nos presenta un libro hecho de música, de historia, de vida. Recorrer estas páginas es develar los secretos de uno de los compositores más representativos en la historia de la música, de los más queridos; con toda confianza lo podemos llamar Il prete rosso.
Antonio Vivaldi murió en Viena un 28 de julio de 1741, en la pobreza y el olvido, su música ahora vive sobre toda la tierra. Oírla es agradecer a uno de los espíritus más maravillosos de la especie humana.
Juan G Ramírez